Oriente Próximo · Mal de ojo
Ojo turco: el amuleto que te devuelve la mirada

- Un disco de vidrio azul con un ojo pintado dentro, contra la mirada de la envidia.
- La idea de meter un ojo en una cuenta de vidrio tiene más de dos mil años.
- Se sigue haciendo a mano en Nazarköy, cerca de Esmirna, donde quedan tres talleres.
Es un disco de vidrio azul, frío al tacto, con un ojo dentro que no se cierra nunca. Lo has visto mil veces sin mirarlo: colgado del retrovisor de un taxi, clavado en el quicio de una puerta, atado con un hilo a la muñeca de una recién nacida. No mira a ninguna parte. Mira a quien te mira.
En Turquía lo llaman nazar boncuğu: la cuenta de la mirada. Y ahí está toda su historia. Alguien te mira con envidia, y este ojo de cristal se pone en medio.
Lo que entra por los ojos
El miedo a la mirada ajena es viejísimo y está escrito. Plutarco cuenta una cena en casa de su amigo Mestrio Floro, cónsul romano en tiempos de Vespasiano, en la que los invitados discuten precisamente esto: si hay gente capaz de hacer daño con los ojos. Alguien saca a relucir al historiador Filarco, que hablaba de un pueblo del mar Negro capaz de enfermar a los niños solo con mirarlos.
Plinio el Viejo había escrito algo parecido: entre los ilirios había personas que mataban si clavaban la vista demasiado tiempo, sobre todo con rabia. Se las reconocía, decía, porque tenían dos pupilas en cada ojo. Ovidio le puso nombre a una de ellas en su Arte de amar: Dipsas, la hechicera de la doble pupila, a la que le salían relámpagos del parpadeo.
Lo que pensaban entonces es que de los ojos sale algo. Una emanación, un soplo, una corriente fina que viaja y toca. Y aquí está lo inquietante, lo que explica que el amuleto siga vivo: no hacía falta querer. Bastaba la envidia. Un vecino que admira demasiado a tu hijo, una amiga a la que le cuentas una buena noticia. Nosotras lo seguimos sabiendo sin que nadie nos lo explique: hay elogios que dejan frío.
Azul, blanco, azul claro y negro

Míralo de cerca. Cuatro círculos, uno dentro de otro, cada vez más pequeños, hasta el punto negro del centro. Es una pupila. Nadie ha intentado disimularlo.
La idea de poner un ojo dentro de una cuenta de vidrio tiene más de dos mil años. En los museos hay cuentas con ojos del Mediterráneo oriental y de Cartago fechadas entre los siglos VI y III antes de nuestra era, y otras chinas de esa misma época. Los egipcios fueron de los primeros en teñir el vidrio, y de ahí salió casi todo lo demás.
La lógica del objeto es tan simple que da un poco de vértigo: contra un ojo, otro ojo. En otras partes del Mediterráneo y de Oriente Próximo el encargo lo lleva una mano abierta, la mano de Fátima, que a menudo tiene un ojo pintado en la palma. No se reza, no se pide, no hace falta saber ninguna fórmula. Se cuelga y se olvida, y él se queda ahí, despierto.
Un pueblo llamado Mirada
A las afueras de Esmirna hay un pueblo que se llamaba Kurudere, «arroyo seco», por el cauce al que está pegado. En 2007 el Consejo de Ministros turco le cambió el nombre por Nazarköy: el pueblo del nazar. Lleva ochenta años haciendo estos ojos.
El oficio llegó allí en 1942, de la mano de tres hermanos de origen egipcio que enseñaron a los vecinos. Entre aquel año y 2005 el pueblo tuvo dieciocho talleres y vivió casi solo de esto. Hoy quedan tres.
Se hacen a mano, delante de un horno a mil doscientos grados alimentado con leña de pino. El vidrio de colores se funde en bandejas, se saca con varillas de hierro y se trabaja caliente: una gota azul, encima una blanca, encima una azul más clara, y el punto negro en el centro. Uğur Karataş, uno de los maestros que quedan, empezó a los once años con su abuelo y su padre.
Hay una forma de saber si el tuyo salió de un horno o de un molde: las burbujas. Un ojo de vidrio soplado a mano tiene dentro burbujitas diminutas, imperfecciones que el plástico no sabe imitar. Esas burbujas son lo que está desapareciendo.
Dónde se cuelga
En la puerta, para que sea lo primero que vea quien entra. En la cuna, prendido de la ropa con un imperdible. En el coche. En la caja de la tienda, donde se cuentan las ganancias delante de todo el mundo. Siempre en el borde: donde una cosa termina y empieza otra, que es donde la tradición dice que hacen falta los guardianes. Lo mismo hace la higa en Galicia, prendida con un imperdible, o el ojo de venado en México: cada cultura escogió un objeto distinto y lo puso en el mismo sitio.
Y si un día te lo encuentras partido, la creencia dice que no se ha roto: ha trabajado. Se tira sin pena y se cuelga otro.
Un ojo de vidrio frente a una mirada. Nada más que eso, y lleva dos mil años bastando.
