Nativos americanos · Protección
Atrapasueños: la telaraña que colgaba de una cuna

- Nació entre los ojibwe, que lo ataban al aro de la tabla de cuna de los bebés.
- En 1929 la etnógrafa Frances Densmore lo describió: nueve centímetros, hilo rojo, antes fibra de ortiga.
- La versión de colgarlo sobre la cama contra las pesadillas es de los años setenta para acá.
Lo has visto mil veces: colgado del retrovisor, en la pared de una habitación de adolescente, tatuado en una espalda. Un aro, una red, unas plumas colgando. Y la frase que lo acompaña siempre: atrapa los malos sueños y deja pasar los buenos.
La historia de verdad es más pequeña y más bonita. No colgaba sobre una cama. Colgaba sobre un bebé.
Una telaraña de nueve centímetros
En 1929, la etnógrafa Frances Densmore publicó lo que había recogido durante casi veinte años entre los ojibwe de Minnesota. Entre los amuletos describe unas «telarañas» que se ataban al aro de la tabla de cuna, esa especie de cuna rígida que se lleva a la espalda.
Medían algo más de nueve centímetros. La red era de hilo fino, casi siempre teñido de rojo, y antes de que hubiera hilo se tejía con fibra de ortiga. El aro, de sauce. Nada de plumas enormes ni de piedras de colores: una cosa diminuta, atada donde la madre pudiera verla.
Densmore cuenta también otra costumbre que ayuda a entenderlo: quien ponía el nombre a una criatura podía hacerle una miniatura de algo poderoso que hubiera soñado y colgársela de la cuna, para que el recién nacido heredara sus cualidades. La telaraña era eso. Un objeto hecho a mano por alguien que te quería, puesto a la altura de tu cara durante el primer año de tu vida.
La abuela que no dejó matar a la araña
En ojibwe se le llama asabikeshiinh, que es como decir araña, y también bawaajige nagwaagan: trampa de sueños.
La historia que se cuenta tiene dos versiones y las dos empiezan igual. En una, una abuela, Nokomis, ve a su nieto a punto de aplastar una araña y lo detiene. La araña, agradecida, le teje una red y le dice dónde colgarla: los buenos sueños pasan por el agujero del centro, los malos se quedan enredados en los hilos y al amanecer se deshacen con la luz.
En la otra aparece Asibikaashi, la Mujer Araña, que cuidaba de todos los niños del pueblo. Cuando los ojibwe se dispersaron por el continente, no podía llegar a todas las cunas, así que fueron las mujeres quienes empezaron a tejer la red por ella. Nosotras lo entendemos sin que nadie nos lo explique: alguien tenía que seguir haciendo ese trabajo.
De una cuna a un centro comercial
La antropóloga Cath Oberholtzer, que lleva años estudiando estos objetos, encontró aros con red en varias zonas de Norteamérica funcionando como una especie de escudo en miniatura: atraían a los espíritus buenos y espantaban a los malos, igual que hace el ojo turco en la puerta de una casa. Entre los cree del este había algo parecido contra los malos sueños. Pero entre otros pueblos no encontró ni rastro antes de los años setenta.
Lo que pasó en medio tiene nombre: el movimiento panindio de los sesenta y setenta, cuando pueblos muy distintos empezaron a compartir símbolos como gesto de unidad frente a quien los trataba a todos igual. El atrapasueños viajó entonces de unas manos a otras. A mediados de los ochenta empezó a venderse, y ya no paró.
Por el camino se simplificó. La versión que todas conocemos —cuélgalo sobre la cama, atrapa pesadillas— es la de los años setenta para acá. Y hay versiones que dicen justo lo contrario: entre los lakota se cuenta que un líder recibió la visión de Iktomi, el embaucador, que le enseñó a hacer el aro para atrapar lo bueno y dejar escapar lo malo. Exactamente al revés.
Si vas a tener uno
Este no es un símbolo de una cultura desaparecida. Los ojibwe están ahí, y hacer un atrapasueños sigue siendo para ellos una cosa seria. Mucha gente nativa no tiene problema en que lo cuelgues; lo que piden es otra cosa, y es fácil: que si lo compras, se lo compres a quien lo lleva haciendo toda la vida y no a una cadena de decoración.
Y si quieres saber qué estás colgando, ya lo sabes: una telaraña de nueve centímetros, de hilo rojo, atada al aro de una cuna.