Precolombinos · Protección
La chakana: una escalera de tres mil años y un nombre de anteayer

- En quechua, chakana quiere decir escalera, y chaka, puente.
- La cruz escalonada está en Chavín y Tiwanaku desde hace unos tres mil años.
- El nombre y la lectura de las doce puntas y los tres mundos son de los años ochenta para acá.
- En Chahuaytire, en Cusco, todavía se teje a propósito la «chakana rota».
La has visto aunque no sepas cómo se llama: una cruz hecha de escalones, cuadrada, con un agujero en el centro. Está en los textiles de los Andes, en la plata de los puestos de Cusco, en pulseras, en tatuajes, en banderas. Hoy se llama chakana.
Y aquí hay dos historias, no una. La forma tiene tres mil años. El nombre, cuarenta.
La palabra quiere decir escalera
Lo primero es lo más bonito, porque se puede comprobar en los diccionarios que escribieron los primeros que se pusieron a aprender quechua.
En 1560, Domingo de Santo Tomás anota chaka como puente y chacana como escalera. En 1608, Diego González Holguín repite escalera, y añade algo curioso: chaccana es también el nombre de las tres Marías, esas tres estrellas en fila del cinturón de Orión. En aymara, Ludovico Bertonio apunta en 1612 chacaña: una escalera de palos atravesados, de esas que se hacen atando maderos.
Así que la palabra nombra algo muy concreto. Un puente, una escalera de mano, un grupo de tres estrellas. Lo que une dos sitios que estaban separados. Lo que te deja subir.
Hay una pista más, y está en un dibujo. Juan de Santa Cruz Pachacuti, un cronista indígena de principios del siglo XVII, dibujó el interior del Coricancha, el templo del sol de Cusco, y entre las figuras del cielo anotó «chacana en general» junto a un grupo de estrellas. No junto a una cruz escalonada: junto a unas estrellas.
Lo que no nombra, en ninguno de esos diccionarios, es la cruz escalonada.
La forma sí es antiquísima
Que el nombre sea reciente no quiere decir que el símbolo lo sea. Al contrario: el motivo escalonado es una de las formas más viejas y más tercas de los Andes.
Aparece ya en el arte de Chavín, hace unos tres mil años, grabado en el Obelisco Tello y en el Lanzón, esa piedra alargada y terrible que se clavaba en el centro del templo. Está en Tiwanaku, en la pirámide de Akapana, junto al lago Titicaca. Sigue en la cerámica, en la piedra y, sobre todo, en los tejidos.
En época inca, el rombo escalonado se asocia con la realeza y con el orden del imperio: no es un adorno cualquiera, es una manera de decir que las cosas están en su sitio. La figura se divide en cuatro partes alrededor de un centro, y esa estructura —cuatro cuartos y un medio— es la misma con la que los incas pensaban su propio territorio.
Y no está solo en los templos. Está en la ropa, que en los Andes es donde de verdad se guarda la memoria: en los tejidos el rombo escalonado se repite generación tras generación, y una mujer que teje hoy en el Cusco maneja las mismas formas que se tejían antes de que existiera el imperio.
Cuando llegaron los viajeros europeos del siglo XIX con sus cuadernos de dibujo, la copiaron sin entenderla. George Squier la grabó en 1877, Charles Wiener en 1880. Llevaba allí milenios, esperando.
De dónde sale lo que hoy se cuenta de ella

Si buscas la chakana por ahí, te encontrarás una explicación muy completa y muy redonda: doce puntas, tres mundos, el cóndor, el puma y la serpiente, el centro que es Cusco, la Cruz del Sur, un calendario agrícola exacto. Todo encaja de maravilla.
Esa lectura tiene autor y tiene fecha. En 1983, el arquitecto peruano Carlos Milla Villena publica Génesis de la cultura andina y propone que el signo escalonado es la Cruz del Sur, dentro de una teoría sobre espejos astronómicos, y además un instrumento de medida y de calendario. Es un libro apasionado y de enorme influencia; el icono acabó en su contratapa como sello personal.
Después vinieron otros. En 1998, el filósofo Josef Estermann la relee como «puente cósmico», símbolo de que todo está relacionado con todo. En 1999, Estuardo Jáuregui la presenta como emblema de la cosmogonía andina. En el año 2000 un partido político peruano la adopta, y tras las elecciones de 2001 la palabra se vuelve popular. De 2003 en adelante, Javier Lajo la convierte en todo un sistema filosófico.
Si buscas hoy la chakana, lo que vas a encontrar es más o menos esto: que la palabra significa «el puente a lo alto», que la figura une las cuatro esquinas del universo, que la línea vertical separa lo masculino de lo femenino y la horizontal el mundo de arriba del nuestro, que sus extremos marcan ocho ceremonias del calendario andino y que el 3 de mayo, cuando la Cruz del Sur se ve derecha en el cielo, se celebra su día y se pide permiso a la Pachamama para recoger los frutos.
Es un sistema precioso y encaja consigo mismo de maravilla. Y casi todo él se escribió en los últimos cuarenta años. Lo que suele presentarse como prueba es el dibujo de Pachacuti Yamqui de 1613, donde aparece la palabra «chacana»… anotada junto a un grupo de estrellas, no junto a la cruz escalonada. Esa diferencia, que parece un detalle, es justo donde se separan la arqueología y la interpretación.
Conviene saberlo sobre todo porque algunas de esas páginas mezclan cosas comprobables con otras que no lo son: no es raro leer que el eje de la Tierra tuvo una inclinación exacta de 22°30′ y que de ahí salió la vida. Eso no es así, y cuando aparece conviene desconfiar del resto.
La investigadora Ana María Pino Jordán lo resumió en 2012 con una frase incómoda y honesta: antes de los años ochenta no hay registro de que a esta cruz se la llamara chacana. Su conclusión es que lo que hoy se cuenta es una resignificación, es decir, un significado nuevo puesto encima de una forma antigua.
Nosotras no creemos que eso le quite nada. Los símbolos no son piezas de museo: se heredan, se pierden, se recuperan a medias y se vuelven a llenar de sentido. Lo que sí hace falta es decir qué parte es de hace tres mil años y qué parte es de hace cuarenta. Lo primero es arqueología. Lo segundo es una cultura viva haciendo lo que hacen las culturas vivas.
La chakana rota
Y aquí viene lo que a mí me parece más hermoso de toda esta historia, y es algo que se teje, no que se escribe.
Se conservan tapices de época colonial en los que los rombos aparecen partidos, cortados por la mitad. Se ha leído como lo que parece: el mundo se ha roto, el orden que sostenía todo esto ya no está.
Y en Chahuaytire, una comunidad de tejedores del Cusco, siguen tejiendo hoy lo que llaman la chakana rota. No es un error del telar. Es una manera de decir que vivimos en un mundo donde ya no se respetan las normas que se heredaron. Quinientos años después, el mismo gesto.
Y lo del 3 de mayo tiene una segunda cara que casi nunca se cuenta: esa fecha es la Cruz de Mayo cristiana en medio continente. Las dos cruces llevan quinientos años compartiendo el mismo día, y eso explica bastante más que cualquier cálculo astronómico.
Lo que queda
Hoy la chakana es el icono de los pueblos andinos: aparece donde hay que decir «nosotros estamos aquí». Eso también es lo que hace un amuleto, aunque no se cuelgue del cuello.
En esta casa acompaña a Capricornio, y la razón está en la palabra: una escalera de peldaños, un puente de maderos atados, algo que se sube despacio. Lo que tarda en construirse y aguanta.
Tres mil años de escalones tallados en piedra, un nombre que llegó anteayer, y unas mujeres en Cusco tejiendo la rotura a propósito para que no se nos olvide. Eso es la cruz andina.
