Mesopotamia · Bebés y embarazo
Pazuzu, el demonio que vigilaba la cuna

- Eran cabezas de bronce o de piedra de pocos centímetros, con anilla, que se llevaban encima o se clavaban en la pared de la casa.
- Se hicieron contra Lamashtu, la figura a la que se atribuía el peligro de las embarazadas y los recién nacidos.
- A Pazuzu no lo eligieron por bueno sino por fuerte: es un demonio contratado contra otro demonio.
- En el Louvre hay una cabeza suya tallada en hematites que mide tres centímetros.
Una casa en Asiria, hace dos mil setecientos años. Dentro hay una mujer a punto de parir. Y colgada de la pared, o del cuello de alguien, hay una cabeza de bronce del tamaño de una nuez: fauces abiertas, cuernos, ojos muy juntos. Es la cara de un demonio.
No está ahí por error. Está ahí porque lo han puesto, y porque mirar esa cara les daba tranquilidad. Para entender cómo se llega a eso hay que empezar por lo que había al otro lado de la puerta.
Una cabeza de demonio colgada en la casa
Pazuzu era un demonio del viento, y así lo tallaron: cabeza de fiera, entre león y perro, cuerpo humano enjuto, manos con garras, cola de escorpión y dos pares de alas. No pretendía resultar agradable. Pretendía dar miedo, y lo consigue tres milenios después.
Sus amuletos no eran joyas. Eran cabezas pequeñas de bronce o de piedra, de pocos centímetros, con una anilla para colgarlas, y se usaban de dos maneras: encima del cuerpo o clavadas en la pared de la casa. Varias llevan grabado un conjuro, y una de sus líneas lo explica todo mejor que cualquier párrafo: no entres en la casa en la que yo entro. No es una oración ni una petición. Es una orden, dicha por el que da más miedo.
Lo que Pazuzu decía de sí mismo
De pocos demonios antiguos se conserva su propia presentación. De este sí, y no tiene desperdicio. En los textos bilingües se presenta así: «Soy Pazuzu, hijo de Hanbu, rey de los malvados demonios lilû».
Los lilû eran los demonios del viento, los suyos. Y lo que cuenta a continuación es cómo llegó a mandarlos: «Me enfurecí contra las montañas fuertes y las ascendí». Después, de sus propios hermanos de especie, dice una frase que da frío: «Uno a uno les rompí las alas».
Ese es el currículum del que se colgaba una mujer al cuello. No el de un guardián benévolo: el de alguien que subió a las montañas en pleno ataque de ira y desaló a los de su clase uno por uno. Y por si quedaba duda, otro texto se dirige a él llamándolo Agonía de la Humanidad, Sufrimiento de la Humanidad y Enfermedad de la Humanidad.
Léelo otra vez: la cosa a la que llamaban Enfermedad de la Humanidad es la que se ponía junto a la cama de una embarazada. Toda la lógica de este amuleto está en esa frase.
Lamashtu, la que llegaba de noche
Todo esto se hizo contra alguien concreto. Lamashtu era la figura a la que se atribuía el peligro que más temían: el de las mujeres embarazadas y el de los recién nacidos. Ese era el miedo que organizaba la casa. El mismo miedo que en otras partes puso azabaches y medallas en las cunas, y que en México sigue colgando un ojo de venado del carrito.
La describían con cabeza de león, de perro o de loba, orejas largas de asno y el pelo enmarañado. Amamantaba a un perro y a un cerdo, tenía garras en lugar de pies, y los conjuros decían de sus manos que eran una red. Se la dibujaba de frente, mirando, que en el arte mesopotámico es como se representaba lo que no es humano. Ese mirar de frente es el mismo recurso que siglos después puso la mano de Fátima con un ojo en la palma.
Hay una placa de piedra en el Louvre que da la escena entera. En la cara principal se ve a una mujer tumbada en una cama, probablemente embarazada, atendida por un médico y por un exorcista a la vez. En el reverso, siete figuras con cabeza de animal acuden a ayudar. Es un conjuro, pero también es una fotografía de una habitación: el médico y el exorcista trabajando codo con codo, porque nadie distinguía entonces entre una cosa y la otra.
Un demonio contra otro demonio
Y aquí está la idea que hace a Pazuzu distinto de casi todos los amuletos de los que hemos escrito. A Pazuzu no lo eligieron por bueno. Lo eligieron por fuerte.
El razonamiento asirio es de una lógica impecable: contra algo que viene de fuera del mundo humano no sirve nada humano. Hace falta alguien de su misma especie, y a ser posible peor. Así que se contrata a un demonio del viento para que eche a otra. No se le pide bondad. Se le pide eficacia, y se le pone en la puerta, que es donde trabaja.
Es la misma lógica que hace que el ojo turco sea un ojo: contra la mirada, otra mirada. Contra el monstruo, el monstruo. Lo tenemos reunido en amuletos de protección, y Pazuzu es la versión más desnuda de todas.
La placa en la que Pazuzu se asoma
Hay un tipo de objeto que explica mejor que ninguno cómo se imaginaban el trabajo. Son las placas de bronce contra Lamashtu, y están compuestas como una escena de teatro con varios pisos.
En una de época neoasiria, abajo hay una persona tumbada en una cama, enferma, rodeada de figuras protectoras: entre ellas los apkallu, los sabios con cuerpo de pez o de pájaro que custodiaban a los humanos. Más allá, un Pazuzu pequeño empuja a Lamashtu río abajo, que es como se la expulsaba: por agua, lejos. Y entonces viene el detalle.
La cabeza de Pazuzu está encima del borde superior de la placa, asomada por arriba, fuera del cuadro. No participa en la escena: la vigila. Quien hizo esa placa colocó al demonio en el sitio desde el que se supervisa una habitación, mirando por encima del marco como quien se asoma a una puerta.
No conozco en toda la historia del amuleto una idea mejor ejecutada. La protección no está dentro de la escena, está mirándola.
Los otros guardianes de la casa
Pazuzu no trabajaba solo, y conviene decirlo porque las webs lo presentan como el único. Contra Lamashtu se invocaba también a Lulal y a Ugallu, el «gran león», otro de esos seres con cabeza de animal y cuerpo de hombre que se ponían a guardar puertas.
En la placa del Louvre que ya hemos mencionado, en el reverso, son siete las figuras con cabeza de animal que acuden. Siete, como las siete puertas, como los siete de tantos conjuros. La casa mesopotámica no tenía un amuleto: tenía una guardia, y cada miembro ocupaba su sitio.
Esto cambia cómo se mira el objeto. Una cabecita de bronce de tres centímetros no era un talismán suelto y suficiente, sino la pieza portátil de un sistema que incluía conjuros, figuras, un médico y un exorcista trabajando a la vez en la misma habitación.
Bronce, piedra y tres centímetros
Lo que queda de todo aquello cabe en una mano. En el Louvre hay una estatuilla de Pazuzu en bronce, de época neoasiria, que es la imagen que todo el mundo ha visto alguna vez sin saber de qué era. Y hay también una cabeza suya tallada en hematites, una piedra de hierro gris y pesada: tres centímetros. Eso es todo lo que medía la cosa que separaba a una familia de lo que más temía.
El tamaño no es un detalle menor, es el dato. Un amuleto de tres centímetros se lleva encima sin que se vea, se agarra con el puño cerrado y se pasa el pulgar por encima cuando aprieta el miedo. Como las cuentas de un rosario, como una medalla dentro del jersey. Lo que cambia es la cara que hay tallada.
No todos eran de bronce ni de piedra fina. La mayoría de las cabezas que se conservan son de terracota, barro cocido, lo más barato que hay; las hay también de bronce, de hierro, de hueso, de vidrio y de oro. Eso dibuja un objeto que estaba al alcance de cualquiera y que, según el bolsillo, se tenía en barro o en metal.
Las formas también varían. Están las cabezas con un agujero o una anilla arriba, para el cordón. Las hay unidas a un sello cilíndrico, el objeto que un mesopotámico llevaba siempre encima porque era su firma. Algunas se usaron como broche. Y hay amuletos rectangulares con la figura entera, de pie o en cuclillas, y placas grandes de piedra que no se llevaban: esas se colgaban para guardar una habitación o una entrada.
De una de esas placas grandes sabemos incluso dónde estaba. Apareció en el suelo de la sala principal de una casa de Dur-Katlimmu, una ciudad neoasiria, y se interpreta que estuvo colgada en la pared de cara a la puerta de entrada. Es decir: lo primero que veía quien entraba.
Y hay una pieza que roza lo conmovedor por lo bien pensada que está. En un colgante de bronce, la anilla de suspensión está hecha de manera que, al colgarlo, el demonio queda mirando hacia afuera, hacia los enemigos de quien lo lleva, y no hacia su pecho. Alguien se sentó a resolver por dónde pasar la cuerda para que la cara apuntase al sitio correcto. Eso no es superstición: es diseño.
También aparecen en tumbas, acompañando al muerto, que es la última puerta que hay que guardar.
El collar de bronce de los textos de Uruk
Hasta aquí hemos hablado de objetos. Pero existen también las instrucciones, y es ahí donde el amuleto deja de ser arqueología y se convierte en una escena.
Los textos rituales de Uruk recogen que a una mujer se le podía entregar un collar o un amuleto de bronce de Pazuzu para protegerla de que Lamashtu le hiciera perder el embarazo. No es una interpretación moderna de un objeto mudo: está escrito lo que había que hacer y para quién. Un texto babilonio tardío, en un conjuro contra Lamashtu, manda directamente colgar un collar de Pazuzu al cuello de la persona afectada.
Y en Asiria hay otro que prescribe una cabeza de Pazuzu para echar una enfermedad. Fíjate en el verbo: echar. No curar, no aliviar. Echar, como se echa a alguien de una casa.
Desde cuándo y hasta dónde
Pazuzu no viene del principio de los tiempos, y eso sorprende a casi todo el mundo. Según el asiriólogo Frans Wiggermann, aparece de pronto a comienzos de la Edad del Hierro, sin antecedentes claros. Sus primeras imágenes son del siglo VIII antes de nuestra era y los primeros textos que lo nombran, del VII. El grueso de lo que se conserva es de los siglos VII y VI.
Las primeras representaciones salieron de las tumbas de Nimrud. Y en un fuerte del siglo VII de la misma ciudad aparecieron cinco cabezas de Pazuzu juntas, al lado de un amuleto de Bes, el genio egipcio que también guardaba partos y niños. Dos tradiciones distintas, el mismo oficio, en el mismo cajón.
Las piezas más tardías llegan a época seléucida, siglos después de que Asiria desapareciera. Y se ha encontrado alguna figura posiblemente suya hasta en Egipto. Para ser un demonio de aparición repentina, duró y viajó más que los imperios que lo tallaron.
Humbaba, la otra cara en la puerta
Pazuzu no fue el primero en poner un monstruo en la entrada. Mil años antes ya estaba Humbaba, el guardián del bosque de cedros al que mata Gilgamesh, y de él se conservan máscaras de barro cocido con su cara, muchas de ellas solo la cara.
La suya tiene una particularidad que no tiene ninguna otra: se representaba como una maraña de surcos, igual que las vueltas de un intestino. Y no es una metáfora de poeta. Los adivinos mesopotámicos leían el futuro en las vísceras de los animales, y cuando los pliegues del colon formaban cierto dibujo, decían que se parecían a la cara de Humbaba. Hay una máscara de Sippar, de entre 1800 y 1600 antes de nuestra era, que lo lleva escrito por detrás: si los pliegues del colon se parecen a la cabeza de Huwawa, es presagio de Sargón, el que gobernó la tierra.
Wiggermann sostiene que Humbaba fue al principio justo eso, una cara sonriente que se colgaba en las puertas para apartar el mal. Si tiene razón, la costumbre de poner un monstruo mirando a la calle es mucho más vieja que Pazuzu, y Pazuzu es el que mejor la hizo.
¿Pazuzu es bueno o malo?
Es la pregunta que más se hace y tiene una respuesta corta: malo. Pazuzu no era un ángel disfrazado ni un espíritu protector malinterpretado. Era un demonio y lo siguió siendo mientras lo llevaron colgado.
Lo que pasa es que la pregunta está mal hecha, porque da por supuesto que un amuleto tiene que ser bueno. En Mesopotamia no se pensaba así. Un demonio es una fuerza, y una fuerza se puede orientar. La de Pazuzu se orientó hacia la puerta, mirando afuera.
Dicho de otro modo: no lo tenían en casa a pesar de ser un demonio, sino precisamente por serlo.
De las excavaciones a El Exorcista
Si el nombre te sonaba, es por la película de 1973. Ahí está el motivo de que Pazuzu sea hoy el demonio mesopotámico más conocido del mundo, y también de que casi todo lo que se cuenta de él en internet venga de un guion y no de un museo.
La película se quedó con el nombre y con la cara, y le quitó justo lo que lo definía: que estaba del lado de la casa. El Pazuzu del cine entra; el de bronce se colgaba para impedir que entrase nada.
Es exactamente lo contrario, y es lo que hace gracia del asunto si sabes la verdadera historia. No hay que fiarse de la veracidad histórica de una película de Hollywood.
Preguntas rápidas
¿Para qué servía el amuleto de Pazuzu?
Para guardar la casa, y sobre todo a las mujeres embarazadas y a los recién nacidos, de Lamashtu. Se llevaba encima o se colgaba de la pared.
¿Pazuzu es bueno o malo?
Malo, y por eso lo contrataban. No se le pedía bondad sino fuerza, y se le ponía mirando hacia la puerta.
¿Quién era Lamashtu?
La figura a la que se atribuía el peligro de las embarazadas y de los recién nacidos. Contra ella se invocaba a Pazuzu y a otros guardianes.
¿Dónde se pueden ver amuletos de Pazuzu?
En el Louvre hay una estatuilla de bronce y una cabeza de hematites de tres centímetros. El British Museum y el Metropolitan conservan piezas suyas y placas de Lamashtu.
¿De qué estaban hechos los amuletos de Pazuzu?
La mayoría, de terracota. También los hay de bronce, hierro, hueso, vidrio y oro, con una anilla o un agujero arriba para colgarlos, y placas grandes de piedra que se fijaban a la pared.
¿Desde cuándo existe?
Sus primeras imágenes son del siglo VIII a. C. y los primeros textos, del VII. Aparece de pronto, sin antecedentes claros, y las piezas más tardías llegan a época seléucida.
¿Es el mismo Pazuzu de El Exorcista?
El nombre y la cara sí; el papel, al revés. El de la película entra en una casa, y el de bronce se colgaba precisamente para que no entrara nada.
¿Tiene algo que ver con Labubu?
No hay nada que lo sostenga. La comparación empezó a circular en junio de 2025 a partir de un vídeo que ponía al muñeco al lado de una imagen de Pazuzu generada por inteligencia artificial, que ni siquiera se parece a las piezas reales. Es un bulo que nace de una imagen falsa de un amuleto auténtico, que tiene su punto.
Cómo se activa
Esto no lo hemos puesto nosotras: es el gesto que acompaña al amuleto donde nació.
- Va colgado del cuello o clavado en la pared de la casa. Esas eran las dos formas, y no hay una tercera.
- Se coloca mirando hacia afuera, hacia la puerta o hacia la calle, no hacia dentro de la habitación.
- Varios llevan grabado el conjuro, y lo que dice no se pide, se ordena: «no entres en la casa en la que yo entro».
- Se queda donde está. No se guarda, no se cambia de sitio y no se esconde de las visitas.
Y después. Pazuzu no acompaña a quien lo lleva: vigila el sitio donde está. Por eso funciona en la puerta y no en el bolsillo, y por eso su cara está tallada de frente, mirando a quien llega.
Es un amuleto de la casa y así lo contamos. El embarazo y el parto son asunto médico, y aquí no se propone nada que tenga que ver con ellos.
Cómo se activa un amuleto, en general →