Protección
Cómo se activa un amuleto

- Limpiar, activar, cargar y consagrar son cuatro cosas distintas, y saber cuál te toca ahorra la mitad del trabajo.
- La sal estropea la plata y el agua deshace las piedras blandas: el humo sirve para casi todo.
- La luna llena no carga nada, pero te pone fecha, y eso es lo que de verdad sostiene el asunto.
- Varios amuletos ya traen su propio rito, y lo religioso no se activa: se bendice.
Llega a tus manos y no sabes qué hacer con él. Te lo ha regalado alguien, lo has comprado en un viaje, lo has encontrado en un cajón de tu madre. Y aparece la pregunta: ¿esto hay que hacerle algo antes de ponérselo?
Vamos a quitar de en medio lo primero, que es lo que casi nadie dice: no existe un rito único ni antiguo para activar un amuleto. Lo que existe son cuatro gestos que la gente hace, que no significan lo mismo, y unos cuantos amuletos que vienen con el suyo puesto de fábrica. Esto va de distinguirlos.
Activar, limpiar, cargar y consagrar no son lo mismo
Los cuatro verbos se usan como si fueran sinónimos y no lo son. Saber cuál te toca te ahorra la mitad del trabajo.
Limpiar es quitarle lo de antes. Tiene sentido con lo que viene de segunda mano, de una tienda por la que han pasado cien manos o de una herencia. Activar es declarar para qué lo quieres: el gesto con el que dejas de tener un objeto bonito y pasas a tener un amuleto. Cargar es devolverle fuerza cada cierto tiempo, y es la parte más moderna de todo esto. Consagrar es otra cosa distinta: es entregarlo a algo más grande que tú, y ahí ya estamos hablando de religión, no de energías.
Si el tuyo es nuevo y lo has elegido tú, puedes saltarte la limpieza e ir directa al gesto.
Limpiarlo antes de usarlo, sin estropearlo
Aquí es donde hay que tener cuidado, porque los métodos que más circulan son los que más piezas arruinan. La sal y el agua con sal se recomiendan en todas partes sin avisar de lo que hacen.
La plata y la sal no se llevan. La sal acelera la corrosión: una medalla de plata enterrada una noche en sal sale negra, y lo que has conseguido es trabajo de limpieza. Las piedras porosas o blandas tampoco. La selenita se deshace en agua, la turquesa y la malaquita se pican, el azabache se reseca. Si tu amuleto es de piedra y no sabes cuál es, no lo metas en agua.
Lo que funciona con casi todo es el humo y el aire. Pasa la pieza por el humo de un incienso o de un romero seco, unos segundos, dándole la vuelta. Si es metal liso o cristal, un paño con un poco de alcohol y después seco. Y si quieres hacerlo con intención y no solo con eficacia, hazlo con la ventana abierta: el gesto de limpiar algo es sacar lo que sobra, y necesita por dónde salir.
El gesto que lo vuelve tuyo
Esto es lo que nosotras hacemos, y lo decimos tal cual: no viene de ninguna tradición. Lo hemos armado con lo único que de verdad importa, que es que el objeto quede asociado a una decisión tuya.
Busca un momento en el que no te vaya a interrumpir nadie, de noche mejor, con una luz pequeña. Ten el amuleto en la mano cerrada hasta que coja la temperatura de tu cuerpo; no es magia, es que mientras esperas se te va la prisa. Entonces di en voz alta, una sola frase, para qué lo quieres. En voz alta, aunque te dé corte: lo que se dice en la cabeza se reformula veinte veces, lo que se dice en voz alta se queda dicho. Y después guárdalo o póntelo, pero donde lo toques a diario.
Eso es todo. Si alguien te vende un ritual de catorce pasos con velas de siete colores, te está vendiendo las velas.
El ritual de los cuatro elementos
Es el más buscado y el más repetido, y viene del esoterismo europeo moderno, no de ninguna cultura antigua. La idea es pasar la pieza por las cuatro materias de las que se pensaba que estaba hecho el mundo, para que quede presentada a todas ellas.
Se hace así: un puñado de tierra o de sal en un plato, un cuenco con agua, un incienso encendido y una vela. Pasas el amuleto por encima de cada uno, en ese orden, nombrando en voz alta lo que haces. Tierra para que se asiente, agua para que se limpie, aire para que se aclare, fuego para que se encienda. Y lo dejas en el centro de los cuatro el rato que dure la vela.
Dos avisos de los aburridos pero necesarios: la vela no se deja sola ni se duerme uno con ella encendida, y la pieza no entra en el agua ni toca la sal si es de plata o de piedra blanda; con pasarla por encima basta. Nadie ha dicho nunca que haya que mojarla.
¿Y la luna llena?
Dejar el amuleto en la ventana en luna llena es, con diferencia, lo que más se hace. También es reciente: viene de la cultura de los cristales del siglo pasado, no de ninguna abuela.
La luz de la luna no le va a cambiar nada al objeto. Lo que sí hace la luna es otra cosa, y no es pequeña: te pone fecha. Vuelve cada veintinueve días y medio, no te la puedes saltar ni adelantar, y obliga a parar y a acordarte de lo que pediste la vez anterior. Un calendario que no depende de ti. Por eso nosotras no lo descartamos, pero lo contamos por lo que es: una forma de no abandonar el asunto, no una batería.
Si lo haces, por dentro de la ventana. Mucha gente ha perdido una medalla por dejarla en el alféizar y que la lluvia hiciera el resto.
Los amuletos que ya traen su rito
Algunos no necesitan que les inventemos nada, porque el gesto viene con ellos desde donde nacieron. Y en esos casos el gesto no es un añadido: es el amuleto.
Al daruma japonés le pintas un ojo el día que te pones la meta y el otro cuando la cumples. El omamori se compra en el santuario, no se abre nunca y se devuelve al año. El maneki-neko va mirando a la puerta, nunca de espaldas. La herradura se cuelga con las puntas hacia arriba. La rosa de Jericó se pone en un plato con agua y se abre sola. Y el ojo turco tiene una regla que no es un rito pero funciona igual: se lleva donde se vea, porque lo suyo es que la mirada ajena tropiece con él.
Antes de buscar un ritual para el tuyo, mira si ya tiene el suyo. Casi siempre es mejor que cualquier cosa que podamos escribir nosotras.
Si es religioso no se activa: se bendice
Una medalla de San Benito, una cruz de Caravaca o un escapulario no son amuletos para quien los usa dentro de su fe: son sacramentales, y lo que se hace con ellos es pedir que los bendiga un sacerdote. La medalla de San Benito tiene incluso su fórmula propia, con un diálogo, un conjuro contra el mal y una oración final por la salud del alma y del cuerpo de quien la lleve.
Esa medalla, por cierto, lleva escrito el rito encima. Las letras del reverso no son adorno: C.S.P.B. es la cruz del santo padre Benito, C.S.S.M.L. pide que la cruz santa sea su luz, N.D.S.M.D. que el dragón no sea su guía, y las del círculo exterior empiezan con V.R.S., vade retro satana, apártate. Está todo ahí, en un centímetro de metal.
Si lo tuyo es esto, no le pases un incienso ni lo dejes en la ventana: llévalo a bendecir. Y si no eres creyente, lo respetuoso es dejarlo estar y elegir otra cosa.
Cada cuánto se repite y cuándo se retira
No hay que repetir nada por calendario. Se vuelve al gesto cuando cambia aquello para lo que lo pediste, cuando ha pasado por manos de otra persona o cuando tú misma sientes que ya no lo miras.
Y se retira en tres casos. Cuando se rompe, que en casi todas partes se lee igual: hizo su trabajo y se acabó. Cuando se cumplió lo que pediste, como el daruma que se quema en enero. Y cuando lo que querías ya no lo quieres, que pasa más de lo que parece y no tiene nada de malo. Un amuleto que se queda en un cajón sin que lo mires ya no es un amuleto, es un objeto. La diferencia entre un amuleto y un talismán es más fina de lo que parece, pero esta de aquí no: un amuleto se usa o no es nada.
Si al final quieres hacerte uno en vez de comprarlo, te contamos cómo se hace un amuleto en casa. El que haces tú ya viene activado: lo activaste mientras lo hacías.


